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Un viaje a la esperanza
14/03/2006 - Revista Ex Alumnos del Champagnat
 
 

Madagascar es una isla (la cuarta en tamaño del mundo), que se encuentra recostada sobre la costa oriental africana, en el Océano Índico, a unos cuatrocientos kilómetros frente a Mozambique. Esta ex colonia francesa, que alcanzó su independencia en 1960,  tiene una población de diecisiete millones de habitantes, caracterizados por una extraña mezcla de asiáticos y africanos. Ubicado entre los veinte países más pobres del mundo, tiene un ingreso per cápita por debajo de los doscientos cuarenta dólares anuales, el cincuenta por ciento de los niños está mal nutrido, la mortalidad infantil trepa al ciento treinta y seis por mil, y el cincuenta y tres por ciento de la población tiene problemas de acceso al agua potable. Cifras que hablan por sí solas del nivel de marginalidad y pobreza que reina en la Grand Ilhe, según la bautizaron los franceses. Con una población rural todavía mayoritaria, Antananarivo, su capital, concentra casi el treinta por ciento de la población del país. La isla, más allá de la belleza de sus playas, que atraen turistas de diversas partes del mundo, está sacudida por frecuentes ciclones, carece de recursos energéticos y sufre los problemas generados por la deforestación y la escasa fertilidad de la tierra, acompañados de un régimen de lluvias muy dispar entre las costas y el gran altiplano central. Su balanza comercial es históricamente deficitaria y depende de la ayuda internacional.

El misionero de la Congregación de San Vicente de Paul, Pedro Pablo Opeka, en 1970, con tan sólo veintidós años de edad, llegó por primera vez a la isla. Este sacerdote argentino, hijo de eslovenos (que emigraron a nuestro país luego de la segunda guerra mundial), comenzó así una historia de vida consagrada a los pobres y desposeídos que se extendería por más de treinta años de estancia en Madagascar. Luego de dos años de misión en el sur de la isla, viajó a Europa para completar sus estudios teológicos y en 1975 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Luján, para retornar definitivamente a Madagascar en 1975 y hacerse cargo de la parroquia de la Misión de Vagaindrano en la selva oriental del sur de la isla. Hijo de un albañil, que desde muy chico aprendió el oficio de su padre, durante los quince años que pasó en aquél perdido lugar del mundo no sólo se ocupó de la formación de cientos de grupos de jóvenes (tanto en la espiritualidad como en el deporte, ya que Pedro era un eximio jugador de fútbol), sino que construyó escuelas, dispensarios y hasta una iglesia. Acostumbrado a vivir entre la gente humilde y necesitada, y debido al carácter inhóspito del lugar, contrajo  diversas enfermedades estomacales y, finalmente,  el paludismo.

En 1989, con su salud quebrantada, fue elegido para hacerse cargo del seminario de los padres lazaristas en Antananarivo. El primer impacto que le produjo la capital fue la miseria circundante: gente viviendo en las calles y en los basurales de los suburbios en condiciones infrahumanas, donde los niños peleaban con los cerdos por un trozo de comida. Fue en ese momento que el padre Pedro se dijo: “tengo que hacer algo, esta gente no puede vivir así, Dios no lo quiere, son los hombres los que lo permiten, sobre todo los políticos que no cumplen lo que prometen”.

Así, según me diría el padre Opeka, “cuando más débil me sentía, actuó más fuerte la Providencia”. Una mañana, a mediados de 1989, Pedro se subió a su moto y partió rumbo a las colinas de Ambohimahitsy, donde la gente vivía en casas de cartón próximos al basurero municipal, en un estado que describiría como de un verdadero “infierno”. La violencia, prostitución, el consumo de drogas y el alcoholismo, eran moneda corriente para aquella gente que repartía su vida entre los vicios, la mendicidad y el cirujeo en los basurales. “Un hombre me hizo pasar a su casucha de cartón de un metro veinte de altura”. Allí dentro, frente a un pequeño grupo, les dije: “Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar”. Palabras que marcaron desde el comienzo la filosofía de su obra, centrada en el trabajo y la educación. Y la gente aceptó la propuesta, dando comienzo “una historia de amor o aventura divina”, como la define el padre Opeka.

Con la colaboración de un grupo de jóvenes universitarios (muchos de los cuales él mismo había formado en su parroquia del sur de la isla), nació la Asociación Humanitaria Akamasoa (que en lengua malgache significa: “Los buenos amigos”) con el objetivo de servir a los demás, especialmente a los marginados y excluidos. Pedro consiguió tierras fiscales a sesenta kilómetros de la capital y ayuda económica de las amistades que había forjado en sus años de estudio en Francia (sobre todo de Gilbert Mitterand y su madre Danielle, por entonces primera dama y presidenta de Frances Liberté) para comprar materiales, alimentos, herramientas y semillas. Un grupo de las familias que vivían en las colinas fue trasladado al campo para iniciar una nueva vida, naciendo así el primer pueblo de la Asociación, al que llamaron: “Don del creador”. Con las restantes familias que permanecían en las colinas de los suburbios de  la capital, iniciaron la construcción del segundo pueblo, llamado Manantenasoa (“Lugar de Esperanza”), comenzando a explotar una cantera y a levantar viviendas dignas para la gente.

Hoy, luego de dieciséis años de intenso esfuerzo, los números reflejan los resultados obtenidos. Cerca de diecisiete mil personas viven en los cinco pueblos de la Asociación. Ocho mil quinientos chicos asisten a las escuelas. Tres mil quinientas personas trabajan en las distintas actividades de Akamasoa que van desde la explotación de canteras, fabricación de muebles y artesanías, hasta la prestación de  los servicios comunitarios: educación, salud, y mantenimiento. Cada pueblo cuenta con su dispensario y acaban de inaugurar un hospital. Asimismo, más de doscientas mil personas (el 1,5% de la población del país) ha pasado por su Centro de Acogida, donde reciben ayuda temporal y son encaminados a reorientar sus vidas.
A fines de marzo de 2004, viajé al lugar para escribir un libro sobre la vida del padre Opeka y la obra de Akamasoa. Había conocido a Pedro un año antes en la Argentina, cuando vino para celebrar el cumpleaños de su nonagenario padre, Luis Opeka (ya fallecido). Su personalidad me impactó desde el primer momento, lo mismo que le ha ocurrido a quienes lo han propuesto varias veces para el “Premio Nobel de la Paz”. Pedro es un líder nato que combina valentía con dulzura, porque como dice él “ambas van de la mano”. A su condición de sacerdote misionero, agrega las de deportista, constructor y filósofo de la promoción social. “El asistencialismo, cuando se vuelve permanente (excepto en los casos de ancianidad, niñez o incapacidad) termina convirtiendo en dependiente al sujeto de la asistencia y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”. Según Pedro, no existe una receta única para salir de la pobreza. “Se sale con el corazón y la voluntad, con el trabajo duro y el esfuerzo”.

Para él, la única forma de que los pobres y excluidos recuperen su dignidad es “a través del trabajo y la educación”. De allí que en Akamasoa todo esté centrado en ello, como pude comprobar durante mis tres semanas de estancia en el lugar. El gran secreto de esta obra humanitaria, ha sido saber canalizar los recursos recibidos de la ayuda externa (dinero y alimentos) en obras concretas y perdurables en el tiempo: viviendas, escuelas, dispensarios, calles, terrenos deportivos. Generando, a la vez, fuentes de empleo para los habitantes de los pueblos, pero sin cerrar la comunidad, sino, por el contrario, manteniendo la misma abierta al resto de la sociedad. De allí que muchos de los habitantes de Akamasoa trabajen fuera de la Asociación y que miles de niños y enfermos venidos de afuera sean atendidos y educados por ellos.

“Lo que ocurre en muchos países en vías de desarrollo es que los recursos disponibles para la acción social son mal utilizados por el Estado”, afirma Pedro. En cambio, en Akamasoa, cada donación que ingresa tiene un destino prefijado y controlable por parte de sus benefactores. Pero para Pedro y los habitantes de Akamasoa no basta con ello, sino que se han fijado como meta llegar a la autosuficiencia económica. “Cuando ya estén terminadas todas las viviendas definitivas, entonces haremos una gran fiesta”.

El objetivo está trazado y es lo que impulsa a toda la comunidad, no exenta de los problemas que a Diario se les presentan, a vivir en la esperanza de lograrlo. El optimismo se basa en los resultados obtenidos hasta ahora, donde cada piedra, puerta, habitación, sala o techo, ha sido cimentada por el propio esfuerzo de los habitantes del proyecto. Pedro apuesta fundamentalmente a las nuevas generaciones nacidas y educadas en Akamasoa. A esos ocho mil quinientos chicos, algunos de los cuales ya están en la Universidad. Ellos son la mejor prueba de que salir de la pobreza es posible si al ser humano se le dan oportunidades y herramientas para lograrlo. “Prefiero que un día me echen de aquí por haberlos hecho trabajar, a que me levanten un monumento diciendo que el padre era muy bueno y nos daba todo sin exigirnos nada a cambio”.

“Todo esto es obra de la Providencia sumada al esfuerzo de la gente”, me decía el padre Opeka. Providencia a la que a Diario imploran muchos de sus habitantes en las capillas diseminadas en los pueblos y a la que rinden culto en las misas dominicales que se realizan en Manantenasoa. Allí, pese a que no todos los pobladores son católicos (representan el 25%  de la población del país), se congregan normalmente más de seis mil personas para dar gracias a Dios por los dones recibidos y hacen erizar de emoción la piel de cualquier visitante.

De regreso a la Argentina y ante el estado de pobreza y marginalidad que engloba a una parte importante de nuestra población, vivo preguntándome si la experiencia del padre Pedro y Akamasoa serían aplicables aquí. La respuesta es sencilla: depende de nuestros dirigentes. O se utilizan los recursos disponibles para promover al hombre generando empleo y educación, o seguiremos navegando en los mares de un asistencialismo vacío que lo mantendrá en la dependencia. Para ello, la definición que me daba Pedro de la compasión humana, puede servir de referencia. “Compadecerse del otro es tenderle una mano para sacarlo de donde está”.