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Mensajero de la misericordia
01/10/2002 - Revista Criterio
 
 

Como nos dijera Joaquín Navarro Vals, a quienes tuvimos la suerte de estar acreditados en el Centro de Prensa del Hotel Sofitel de Cracovia, más allá de las connotaciones emotivas que podía tener el octavo viaje del Santo Padre a Polonia, el motivo fundamental era anunciar una verdad meta-histórica a toda la humanidad: “Dios es misericordioso y nosotros debemos actuar con misericordia con nuestros semejantes”.
Según el vocero del Vaticano, este debía ser considerado como un hito histórico en su pontificado, con profundas implicancias en el futuro de la pastoral, ya que la Iglesia en su catequesis debe recordar especialmente a los fieles este atributo divino de la Misericordia. Dijo además que, teniendo en cuenta que buena parte del mundo no es católico, esta verdad o principio de la Misericordia, tal vez pueda servir de inspiración a las relaciones internacionales y sentar las bases de una nueva antropología cultural.
Así fue como, más allá de la visita al cementerio de Rokowice, en donde están sepultados sus padres, y a la catedral de Wawel, donde el Papa fue ordenado sacerdote y ejerció su obispado, las tres celebraciones litúrgicas y públicas de su viaje apostólico, estuvieron centradas en el tema de la Misericordia de Dios, que ya había sido tratado en la segunda encíclica de su papado, Dives in Misericordia (1980). No obstante lo cual, durante cada una de las celebraciones que se realizaron en o los alrededores de la preciosa ciudad de Cracovia (vale la pena conocerla por su belleza), Juan Pablo II se encargó de entablar un diálogo de corazón con su pueblo, que tanto ha sufrido a lo largo de la historia.

En la primera de ellas, ante miles de peregrinos ubicados alrededor de la flamante basílica dedicada a la Divina Misericordia, y bajo un radiante sol que hizo  olvidar las tremendas lluvias e inundaciones que asolaban los países vecinos, el papamóvil llegó acompañado por el fervoroso canto del pueblo que repetía: “Abba, ojce” (Padre, papá), llenando el aire de emocionado reencuentro con el hijo predilecto de Polonia.
Con las palabras de santa María Faustina Kowalska: “¡Jesús, en vos confío!”, su Santidad comenzó la homilía de la misa que celebró para inaugurar la nueva iglesia, sobre la pequeña colina de Lagiewniki (en los suburbios de Cracovia, junto al convento donde muriera, en 1938, la santa vidente del Jesús Misericordioso).
 “Este anuncio de la fe en el amor omnipotente de Dios, es muy necesario en los tiempos que vivimos, en los que el hombre se enfrenta con múltiples manifestaciones del mal”, dijo el Papa, con la voz entrecortada por las conocidas dificultades que últimamente padece al respirar. “La invocación a la misericordia de Dios, debe venir desde lo más profundo de los corazones llenos de sufrimiento, temor e incertidumbre pero, al mismo tiempo, cercados por la fuente infalible de la esperanza”.
Mientras afuera de la basílica se agitaban las banderas del Vaticano, de Polonia y de Cracovia (esta última, celeste y blanca, haciendo que yo recordara con nostalgia la Argentina), dentro del templo seguían con recogimiento sus palabras, al término de las cuales, previa consagración del altar, se encenderían las luces por primera vez.

“Padre Eterno, te ofrezco el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad de tu preciado Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, por nuestros pecados y los de toda la humanidad; por los sufrimientos de su Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”, agregó su Santidad repitiendo una oración del Diario de sor Faustina, a quien él mismo elevó al honor de los altares (fue santificada en 2000). El Papa finalizó la homilía diciendo que sería muy bueno que el mensaje del amor misericordioso de Dios propagado por la santa, se expandiera por todo el mundo.

Al término de la misa, rememoró el camino ubicado junto al Santuario, señalando que durante el período de la ocupación alemana, pasaba por allí todos los días camino a la fábrica de solvay donde trabajaba. Dijo que en aquella época lo recorría usando zapatos de madera (los únicos que se podían conseguir entonces) y que jamás hubiera imaginado que muchos años después estaría en el mismo lugar consagrando una basílica. Esta anécdota desató la ovación general, cerrando con un broche de festiva alegría el encuentro y pude imaginar que se fundían los rayos rojos y blancos saliendo del corazón de la imagen del Jesús Misericordioso (simbolizando la sangre y el agua del costado abierto en el Calvario), con el de las dos coronas que viera San Maximiliano Kolbe (otro santo de esta tierra que ofreció su vida por el prójimo) y los de la propia bandera polaca.

Al día siguiente, en el parque Blonia de la ciudad, ante una multitud que superó todas las previsiones (los organizadores calcularon cerca de tres millones de personas en el parque y sus alrededores), todo pareció increíblemente lleno de gracia, desde el comportamiento de la multitud, a la belleza del lugar y del día, desde las primeras palabras del Santo Padre hasta las últimas, cargadas en todo momento de profundidad y visible emoción.

El Papa, mientras era transportado hacia lo alto del altar morado, cuyas escalinatas fueron cubiertas con miles de flores blancas y amarillas, fue recibido con el canto “Gaude Mater Polonia”, que data de los tiempos de San Estanislao y hace una  relación alegórica entre la Madre Patria y la Madre de Dios. Al comienzo de la misa, distintos dignatarios de la iglesia polaca, leyeron una síntesis de la vida de los tres sacerdotes y la religiosa que serían beatificados por Juan Pablo II durante la celebración.

El Papa comenzó su homilía con la cita evangélica: “Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado” (Juan 15:2). Para continuar diciendo: “Dios es rico en misericordia”. Luego, parafraseando a San Juan, agregó: “No hay mayor amor que dar la vida por los amigos”.  “Esta es la manera como Dios nos ama, la manera en que Dios nos muestra su misericordia. Cuando reconocemos esta verdad, nos damos cuenta que Cristo nos invita a amar a los otros como Él nos amó”, continuó diciendo el Papa mientras el cielo parecía querer cubrirse de nubes. “En cierta manera, estamos llamados a convertir nuestras vidas en una ofrenda cotidiana, siendo misericordiosos con nuestros hermanos y hermanas”.

“Desde el comienzo de su existencia, la Iglesia, contemplando el misterio de la Cruz y de la Resurrección, ha predicado la misericordia de Dios, medio de esperanza y recurso para la salvación del hombre. No obstante, pareciera que hoy más que nunca resulta necesario el llamado a proclamar este mensaje ante el mundo. No podemos descuidar esta misión, ya que es el llamado del mismo Dios a través del testimonio de Faustina”, apuntó Juan Pablo II, aludiendo a las revelaciones privadas que tuviera la santa, mientras el cielo volvió a despejarse sobre la multitud que en silencio lo escuchaba.

“Dios ha elegido este tiempo para ese propósito. Quizás, porque el siglo XX, a pesar de los indiscutibles éxitos en muchos campos, ha sido marcado especialmente por el misterio de la iniquidad”, dijo entrando en un punto crucial de su mensaje. “Frecuentemente el hombre vive como si Dios no existiera, e incluso se coloca él mismo en el lugar de Dios. Reclama para sí el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana. Trata de manipular la vida a través de la genética y de establecer límites a la muerte. Rechazando la ley divina y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia. Así, de variadas formas intenta silenciar la voz de Dios en el corazón del hombre, tratando de convertir a Dios en el gran ausente de la cultura y la conciencia de la gente. El ‘misterio de la iniquidad’ continúa marcando la realidad del mundo. Experimentando este particular misterio, el hombre vive con temor al futuro, al vacío, a la aniquilación y el sufrimiento. Tal vez, por esta razón, es que Cristo, utilizando el testimonio de una simple religiosa, se hizo presente en nuestro tiempo para indicarnos claramente que la fuente de la fe y la esperanza se encuentra en la eterna misericordia de Dios”.

“Este mensaje del amor misericordioso debe resonar con todo vigor nuevamente. El mundo necesita este amor. Ha llegado la hora de llevar el mensaje de Cristo a todos: a los dirigentes y a los oprimidos, a todos aquellos cuya humanidad parece perdida en el misterio de la iniquidad (mysterium iniquitatis). El mensaje de la Divina Misericordia es capaz de llenar los corazones de esperanza y pasar a convertirse en el fundamento de la nueva civilización: la civilización del amor”, dijo el Papa finalizando esta parte de la homilía para dar paso a la mención de las principales obras y carismas de los religiosos que serían beatificados.
El Santo Padre dio por finalizada la misma refiriéndose a lo que había dicho en el mismo lugar en 1979: “Hermanos y hermanas, hoy les repito la misma invitación. Ábranse al mayor regalo de Dios, su Amor, que a través de la Cruz de Cristo ha revelado al mundo su infinita misericordia”. “Hoy les digo a todos: Nunca, nunca separen la ‘causa del hombre’ del amor de Dios. Ayuden a los hombres y mujeres de la modernidad a experimentar el amor misericordioso de Dios. Este amor, en su fogoso esplendor, salvará a la humanidad”.  
Luego de la misa, y antes de rezar el Angelus, les repitió a los jóvenes congregados en el lugar algunos de los conceptos y experiencias del reciente encuentro Mundial de la Juventud en Toronto, Canadá, mencionando entre otras cosas: “Hoy vuelvo sobre aquella experiencia, teniendo en cuenta el mensaje de la Divina Misericordia. A través de sor Faustina, Dios ha confiado este mensaje a ustedes, para que por medio de esta luz puedan comprender mejor el significado de ser pobres de espíritu, de ser misericordiosos, de ser hacedores de la paz, de tener hambre y sed de justicia, y finalmente, de sufrir persecución por causa del nombre de Jesús”.

Por último, el tercer día, la cita fue en el Santuario de Nuestra Señora del Calvario, a unos 45 kilómetros de Cracovia. Después de una media hora de viaje, por un camino verde y sinuoso entre suaves colinas, llegamos al Santuario del Calvario (Kalwaria Zebrzydowska), lugar que, como dijera el Santo Padre en su homilía, fue construido a principios del siglo XVII por el dueño de estas tierras, Mikolaj Zebrzydowski, tratando de imitar la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén y las estaciones del Gólgota.
Por el camino, con una colega mejicana, veníamos hablando de que el Papa, continuaría con el mensaje de la Misericordia, pero esta vez lo haría en referencia a María, ya que el Santuario estaba dedicado a ella. (Cuentan que a este lugar solía venir Karol Wojtyla con su familia y que, luego de la muerte de su madre, fue traído por su papá, para rezar por ella ante la Virgen).

El pueblo polaco, como a lo largo de estas tres jornadas históricas acompañó al Pontífice quien, pese a todas las especulaciones, mantuvo la fortaleza por encima de sus debilidades físicas, como lo había hecho recientemente en su larga gira por América donde, entre otras cosas, santificó a Juan Diego, el vidente de Guadalupe.

Antes dar comienzo a la santa misa, su Santidad se detuvo a rezar en la capilla donde se encuentra el icono de la Virgen coronada y revestida. El Papa, sentado frente a su Breviario, oró durante casi veinte minutos, quizá, dejando volar su imaginación hacia el pasado. El valor que le da al silencio y la contemplación quedó bien marcado por este momento de privacidad que, gracias a la televisión, pudimos compartir.
Y su homilía estuvo, como esperábamos, referida a María. “¡Salve, Reina, Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!, exclamó al comenzar. “Hoy vengo a este Santuario como un peregrino, como solía venir cuando era niño y de joven. Vengo a visitar a Nuestra Señora del Calvario como lo hacía como Obispo de Cracovia para confiarle todos los problemas de la Arquidiócesis y los de todos aquellos que Dios había confiado a mi cuidado pastoral. Vengo aquí y hoy, como entonces, repito: Salve, Salve, Reina, Madre de Misericordia”.

“¿Cuántas veces he visto que la Madre del hijo de Dios volvió sus ojos misericordiosos ante las preocupaciones de los afligidos y obtuvo para ellos la gracia de resolver sus difíciles problemas y, ellos, en su debilidad, comprendieron el poder y la fuerza de la Divina Providencia? ¿No ha sido esta la experiencia de generaciones de peregrinos que han venido aquí a lo largo de cientos de años? Este lugar, de manera admirable, ayuda al corazón y a la mente a penetrar el vínculo misterioso de amor que unió el sufrimiento del Salvador con el co-sufrimiento de su Madre. En el centro de este vínculo misterioso de amor, todos los que vienen aquí se redescubren a sí mismos, sus propias vidas, su existencia diaria, sus debilidades y, al mismo tiempo, redescubren el poder de la fe y la esperanza: ese poder que surge del convencimiento que la Madre no abandonará a sus hijos en los momentos de dificultad y tribulación, sino que los conducirá hasta su Hijo y los confiará a su Misericordia”, señalaba el Santo Padre, mientras afuera del templo, la banda musical vestida de rojo y negro, bajo una larga bandera polaca que caía de lo alto, sostenía clarines y trompetas que brillaban a la luz de un sol espléndido.

“Paradas junto a la Cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofás y María Magdalena” (Jn 19:25), continuó diciendo Juan Pablo II. “Ella, que estaba ligada al Hijo de Dios por el vínculo de la sangre y el amor materno, allí, al pie de la Cruz, experimentó esta unión en el sufrimiento. Ella, sola, a pesar de la pena de su corazón materno, sabía que aquel sufrimiento tenía un sentido. Ella tenía fe que se estaba cumpliendo la antigua promesa: ‘Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar’(Gen 3:15). Y su fe y su confianza fueron confirmadas cuando su Hijo agonizante se dirigió a ella diciéndole: Mujer”.

“¿En ese momento, al pie de la Cruz, podía esperar que en poco tiempo, tan solo en tres días, la promesa de Dios sería cumplida? Esto permanecerá para siempre como un secreto de su corazón. No obstante, sabemos una cosa: ella, la primera entre todos los mortales, coparticipó de la Gloria de su Hijo Resucitado. Ella, como confesamos y profesamos, fue asunta en cuerpo y alma a los cielos para experimentar la unión en la Gloria, para regocijarse junto a su Hijo en los frutos de la Divina Misericordia y obtener lo mismo para todos aquellos que buscan refugio en Ella”.

Sonaron los primeros aplausos de una concurrencia que se agolpaba fuera del templo, como durante todos estos días, portando sus banderas, su comportamiento educado y la sana alegría del amor que profesan a Juan Pablo II. El Papa terminó su homilía, volviendo a la oración de la Salve y agregando su propia oración que nos conmovió a todos los presentes, para recalcar finalmente su “Totus Tuus, Maria” (Todo Tuyo, María).

Al terminar esta celebración y al despedirse en el aeropuerto, volvió al intercambio afectuoso con su pueblo. En ese lugar, pese a las erróneas traducciones que utilizaron algunos medios de la Argentina que no estuvieron presentes en Polonia, su Santidad dijo, simplemente, “siento tener que irme”. Como también lo sentí yo, luego de ocho días de intenso acercamiento con el pueblo polaco y su tierra, durante los cuales el Santo Padre me maravilló con su carisma, profundidad y simpatía, pese a los problemas físicos que son evidentes. En el viaje de regreso, no dejé de repetir, al igual que muchos otros en el mundo: este Papa, es un santo.