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El derecho a creer (*)
16/05/2010 - La Nueva Provincia
 
 

Mientras algunos sostienen que en este momento de la historia, vivimos inmersos en una sola civilización, a la que podría llamarse de “consumismo globalizado”, bastante cercana a la idea que desarrollara Francis Fukuyama en su libro “El Fin de la historia”, a raíz del triunfo de la democracia y la economía de mercado sobre el comunismo; muchos piensan que debe mantenerse la tradicional división geográfico-cultural y hablar de la civilización Occidental y Oriental, como conjuntos imposibles de ser unificados; y, otros, dicen que es mejor dividirlas de acuerdo a las cosmovisiones religiosas con las que se las suele vincular y hablar de civilización judeo-cristiana, islámica, budista, sintoísta, hinduista, etc... Civilizaciones que estarían chocando entre sí, como señaló Samuel Huntington en su libro: “El choque de las civilizaciones”, suponiendo que en estos momentos estamos frente al choque entre la civilización judeo-cristiana y la islámica.

Personalmente, aunque no descarto que luego del período de la Guerra Fría se han producido choques por motivos étnicos y religiosos, creo más bien percibir un paulatino proceso de diferenciación, que se inicia en Occidente pero que sin duda repercutirá en el seno de la aldea global, entre una “civilización que busca lo trascedente” y otra “que se auto complace con lo inmanente”, sin que ello implique descartar que se pueda encontrar lo trascendente descendiendo en la interioridad de la inmanencia. En la primera civilización, el hombre que la compone y se cultiva en ella, asume ciertos misterios de la creación; respeta los límites positivos de la libertad; y cree en algo que lo trasciende, ligado al Absoluto y el Misterio. En la segunda, el hombre sólo cree en sí mismo o a lo sumo, en la humanidad; no acepta la existencia de algo Absoluto que lo trascienda; pretende desbordar los límites positivos de la libertad; y trata de dar respuestas científicas a todo, sin aceptar el Misterio de lo creado.

Hasta hace unas décadas el concepto de civilización era explicado y comprendido con mayor sencillez. Se había dividido el tiempo en Prehistoria e Historia. La primera comprendía el período entre la aparición del hombre sobre la tierra hasta la formación de las primeras ciudades-estado, en forma coincidente con el descubrimiento de la escritura. La segunda abarcaba desde ese momento, hasta nuestros días. Se afirmaba entonces que la primera “civilización” (palabra proveniente de “civitas”, ciudad) había sido la Sumeria. Anteriormente el hombre se había desplazado de un lugar a otro (nómada), en clanes o tribus, viviendo de la caza, la pesca y la recolección de frutos. Fueron las ciudades que se establecieron en la región de Sumer, entre el Tigris y el Eúfrates, las que conformaron esta primera civilización, aunque todavía no estuvieran unificadas bajo un mismo reino. El hombre estableció su “sedens” (asiento) y se hizo sedentario en estas ciudades, comenzando a cultivar la tierra (haciendo “cultus” o cultura en ellas) y organizándose en pequeños estados. Así, fue amalgamando una cosmovisión y se dieron los primeros pasos en el relato de la Historia a través de los registros que permitió la escritura cuneiforme.

Ama-gi, fue la primera forma escrita conocida de la palabra “libertad”. Data de aproximadamente 2.300 años antes de Cristo y se descubrió en la ciudad-estado sumeria de Lagash, sobre una tabla de arcilla, en escritura cuneiforme compuesta por dos pictogramas (ama y gi), que significaban: “volver a la madre”. Se dice que un tal Urukagina liberó al pueblo sumerio de los abusos a los que estaba sometido por sus antecesores en el gobierno. Esta liberación de la cargas y de las deudas fue entendida por los sumerios como un regreso a la casa, a la madre, a la fuente de la vida. Podría decirse, un regreso a los orígenes, una ligadura conceptual entre el ser y su procedencia. De allí este concepto de “ama-gi” para expresar la libertad, que tuvo luego su propia evolución (debe destacarse que hasta hoy en día, los bereberes, en Marruecos, llaman Amazigh al “hombre libre”).

Si rastreamos en la etimología de la palabra “libertad” nos vamos a encontrar con abundantes y diversas acepciones, en función de la perspectiva con que se la analice. En hebreo se utilizaban dos palabras distintas para hablar de libertad: Jerut y Jofesh. Jerut estaba más ligada al cuerpo, a la libertad física y Jofesh a la libertad emocional y espiritual. En este sentido alguien podía ser esclavo o estar preso, es decir privado de su libertad física, pero ser libre en su pensamiento y espíritu. Por su parte, los griegos, diferenciaron el concepto de Eleutheria del de Parhesia. En el primer caso se trataba de la capacidad de decisión del ciudadano libre, en tanto ciudadano de una polis. Es decir, de una libertad política. Era una “libertad para” hacer tal o cual cosa. En el segundo caso, estaba referido a la “libertad de expresión” durante las asambleas, o sea, el derecho a hablar y emitir opinión. Era una “libertad de” hacer tal o cual cosa. Es interesante notar que Eleutheria encierra en su raíz una expresión indoeuropea, “Leudh”, que significa: desarrollo, crecimiento. Para los romanos, “libertas” (libertad) tenía también un sentido político, ya que era la que gozaba todo ciudadano romano, excluyendo al extranjero y al esclavo. A su vez, “freedom”, en lengua inglesa, significa básicamente el estado contrario a la esclavitud o la prisión. La palabra tiene también una raíz indoeuropea y, curiosamente, quiere decir: “amar”.

Podría decirse entonces que desde el concepto sumerio de “volver a la madre” o a los orígenes, pasando por el Jofesh emocional de los hebreos, y el asociar la libertad con el “crecimiento y el desarrollo” de los griegos, hasta la raíz indoeuropea que la vincula con “amar”; la libertad adquiere un sentido positivo que el cristianismo siempre ha asociado con la justicia y la verdad. Jesucristo, no sólo dijo que Él era el “camino, la verdad y la vida”, sino que quien fuera su discípulo conocería la verdad y “la verdad los hará libres”. Una libertad, sustentada en el “libre albedrío” concedido por Dios al hombre desde el Génesis y que es aceptado por las tres grandes religiones monoteístas del tronco abrahámico. Una libertad para elegir entre el bien y el mal, que más allá de los condicionamientos mundanos y del saber divino, se opone a toda predestinación o determinismo que supondría la esclavitud del ser humano.

Ese “sentido positivo” de la libertad es el que alimenta la “civilización que busca lo trascendente”. Una idea de la libertad, asociada a la verdad y la justicia, que respeta los límites morales y éticos que deben ponerse a los deseos insatisfechos del hombre. Así, el respeto a la vida humana, mirado desde el prisma del “amar” como raíz indoeuropea de la libertad, o del “ama-gi” o el “volver a la madre” de los sumerios, la lleva, indefectiblemente, a rechazar, por ejemplo, el aborto, la eutanasia, la manipulación de embriones humanos o el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Por el contrario, en la “civilización que se auto complace con lo inmanente”, donde el relativismo ha terminado con el concepto de “verdad” y, más aún, con el de “verdad revelada”, todo consiste en buscar desbordar los límites de la libertad a través de la modificación de las leyes que rigen el accionar del liberto, olvidando el concepto griego de Eleutheria en referencia al desarrollo y crecimiento, para sólo concentrarse en la “libertad negativa” de hacer todo aquello que permita la Ley. En una palabra, la negación del sentido trascendente de la vida le ha hecho perder la perspectiva vertical: el hombre ya no se siente creatura sino Creador y artífice de su propia naturaleza; y ha disminuido su campo de acción horizontal: ya no se siente responsable del bien del “otro”, sino únicamente de sí mismo. Como consecuencia, no es capaz de captar la dimensión sobrenatural y la combate a toda costa, encerrándose en las limitadas respuestas que le da la ciencia o la vacuidad del consumismo.

Ese ataque a la posibilidad de creer en algo que lo supere y trascienda, se disfraza bajo el concepto de la “Libertad” para poder satisfacer sus deseos insatisfechos, pero excluyendo el “deseo de Dios”. La libertad, pasa entonces a ser estrictamente limitada por el cumplimiento de la Leyes dictadas por los hombres, leyes que se van acomodando para la satisfacción de sus deseos, muchas veces desordenados y contrarios a la propia naturaleza humana.

Si bien el último informe del “Pew Forum on Religion & Public Life” elaborado en Washington en diciembre de 2009 (quizá el más grande y completo estudio realizado sobre el tema), revela que más de 5.000 millones de personas, carecen total o parcialmente de libertad religiosa en el mundo, ya sea por las “restricciones que establecen los gobiernos” o por las “hostilidades sociales existentes” entre distintas religiones; pienso que los conflictos por motivos religiosos irán menguando a medida que se vaya marcando globalmente la diferenciación entre las dos civilizaciones mencionadas al comienzo: la que busca lo trascendente y la que se auto complace con lo inmanente.

Sólo es cuestión de tiempo para que se acepte la necesidad de trabajar en conjunto entre las religiones más importantes del planeta, sobre todo entre aquéllas monoteístas. En pocos años, como fruto del diálogo interreligioso la “civilización que busca lo trascedente” procurará en forma mancomunada ponerle límites positivos al desborde de la libertad de quienes “se auto complacen con lo inmanente”. Y lo hará en base a la aceptación de valores comunes que busquen decididamente poner por encima de todo, la verdad y la justicia, iluminadas por las distintas revelaciones.

Por consiguiente, hablar hoy de “libertad religiosa”, sobre todo en el mundo Occidental, no consiste únicamente en la defensa de los derechos más elementales como los de practicar el culto, dar educación religiosa a los hijos o transmitir las creencias sin censura previa, sino en algo mucho más profundo aún, como es el “derecho a creer” que por el camino del encuentro trascendente con Dios, el hombre encuentra la felicidad y se hace libre de verdad.

(*) Este artículo es parte de la exposición realizada por el autor en el III Encuentro Internacional de Diálogo de Civilizaciones realizado en Coquimbo y Santiago de Chile, en abril de 2010.