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Las negaciones de Pedro
06/04/2012 - diario Los Andes de Mendoza
 
 

Estamos ya en “Semana Santa” en la que se celebra la pasión y muerte de Jesús de Nazaret. Un Jesús que el Jueves Santo, reuniendo a sus discípulos para celebrar la “última cena”, anticipa que será entregado por uno de ellos y abandonado por los demás. Al oír esto, Simón Pedro, le dijo: “aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Dice el evangelio de San Marcos, que Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces” (los otros evangelistas hablan de un solo canto).

Hace algunos años, escribí una novela biográfica sobre San Pedro, en la que me preguntaba, entre otras cosas: ¿quién era este hombre que había negado conocer a Jesús? ¿por qué razón el hijo de Dios lo había elegido para comandar su Iglesia? ¿cuáles habrían sido los motivos que tuvo Pedro para negar a su Maestro y Señor? Luego de algunos años de investigación, llegué a ciertas conclusiones, que brevemente trataré de resumir en este artículo y que, espero, puedan agregar algo a la meditación de este acontecimiento que, con el paso de los años y el avance de una cultura cada vez más secular, parece estar siendo olvidado.

Simón bar Joná (Simón, el hijo de Juan), a quien Jesús llamó en arameo Khepas (piedra), que más tarde fue conocido como Pedro; fue un pescador, natural de la aldea de Betsaida, en Galilea, junto al lago de Genesaret. Tres o cuatro años mayor que Cristo, casado, sin descendencia (para muchos, viudo al momento de conocer a Jesús), dueño de una barca y con permiso de pesca en el lago. Luego de su boda se trasladó a vivir a Cafarnaúm. Como buen galileo, se oponía a la dominación de los idumeos (Herodes) y de los romanos,  estaba influido por la cultura helénica de las ciudades de la Decápolis (de allí que su hermano llevara un nombre griego: Andreios, Andrés) y podría decirse que estaba vacío espiritualmente al momento de conocer a Jesús (él mismo, dice en su primera carta: “Saben que hemos sido rescatados de una vida vacía, heredada de nuestros mayores, no con metales corruptibles, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo”).

Jesús lo escogió para ser la piedra sobre la que edificaría su Iglesia, a mi modesto entender, por su visible humanidad, es decir, porque mostraba claramente la debilidad de la naturaleza herida. Pedro era un apasionado, de carácter fuerte, pero de fe vacilante, como puede ser la de cualquiera de nosotros. Jesús fue llenando su vacío, con palabras y milagros. Pedro lo siguió, dejando su casa, su suegra, la barca, el permiso de pesca, etc… Sin embargo, durante el camino de seguimiento, se caía y se levantaba continuamente. Por momentos lo confesaba a Cristo diciendo: “Tú eres el Mesías”, y al rato se convertía en piedra de escándalo porque no quería escucharlo hablar de su muerte y resurrección. “Maestro, no te suceda esto”. En este ir y venir de su fe, es que Jesús le anuncia luego de la última cena: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearte como al trigo, pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”.

Así, entramos en el terreno de las tres negaciones de Pedro, para lo cual tomaré extractos de los cuatro evangelistas. Pedro no era un cobarde, como muchos pueden imaginar, caso contrario no hubiera sido el único que desenvainó su espada en el huerto de los Olivos y cortó la oreja de Malco (uno de los enviados a detener a Jesús); ni tampoco habría entrado en el patio del palacio del Sumo Sacerdote donde comenzaron a juzgarlo (lugar que he conocido en Jerusalén y es realmente muy pequeño). Temeroso sí, pero no cobarde. Entró en el patio, se acercó al bracero encendido, se sentó, y comenzó a escuchar lo que decían dentro: las falsas acusaciones de los supuestos testigos y las preguntas de Caifás. Sobre todo, aquella última: “¿Eres el Mesías, el hijo de Dios bendito?”. A lo que Jesús respondió: “Sí, yo lo soy…” Luego, vinieron los gritos de “¡Blasfemia!” y los pedidos de muerte, seguidos de golpes, burlas y escupitajos. Pedro, en lo bajo de la casa, no sabría qué hacer. Fue entonces que se le acercó una sirvienta, lo miró fijo y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”. ¿Qué podía responder? Si le decía que sí, tenía que escapar corriendo o lo apresarían. Si le contestaba que sí, no tenía ninguna posibilidad de poder ayudarlo. Por consiguiente, su primera negación: “No sé nada, no entiendo de qué estás hablando” (como si no entendiese su idioma), fue más por conveniencia y especulación.

Momentos después, según Marcos, se escuchó el primer canto del gallo. Supongo que Pedro se habrá percatado de que estaba ligado a la premonición de Jesús durante la cena. Sin embargo, no tuvo tiempo de meditarlo, porque inmediatamente volvieron a la carga sobre él. Unos dicen que fue la misma sirvienta y otros que se trataba de un hombre. “Este es uno de ellos”, dijo señalándolo. La respuesta de Pedro, no se hizo esperar y dependiendo del evangelista que tomemos, respondió: “No lo soy”. “No, hombre, no lo soy”. “Yo no conozco a ese hombre”. Esta segunda negación de Pedro, puede haber estado cargada de cierta dosis de temor a ser detenido y juzgado, pero, también, a un gran desconcierto y frustración, ya que su rabbí, su Maestro y Señor, a quién él mismo había confesado como Mesías e Hijo de Dios vivo, estaba siendo condenado como un simple reo humano. Por lo tanto, el temor a caer preso se juntaba con la desilusión, porque Pedro no conocía sólo a un hombre, sino a alguien mucho más grande, con el poder de calmar tempestades, arrojar demonios, secar higueras, multiplicar panes, hacer hablar a los mudos, devolver la vista a los ciegos y hasta resucitar a los muertos. Por lo tanto, ese ser tan celestial, a quien él había seguido dejándolo todo, no podía morir.

En ese ambiente, con gritos y bofetadas que bajaban de lo alto del palacio y miradas acusadoras en lo bajo, junto al fuego, se producirá la tercera negación de Pedro, que ya sí, está ligada a un instinto de supervivencia y el miedo a la muerte. “Seguro que también eres uno de ellos, hasta tu acento te traiciona”, dijo uno al reconocer que era galileo. “¿Acaso no te vi con él en el huerto?”, afirma Juan que le preguntó un pariente de Malco. Pedro, con la debilidad propia de nuestra humanidad caída, volvió a negarlo y maldecía con juramentos, diciendo que no lo conocía. Fue en ese preciso momento, que cantó el gallo por segunda vez, al tiempo que bajaron a Jesús y lo empujaron a cruzar el patio. San Lucas, remata el relato diciendo que Jesús se dio vuelta y lo miró a Pedro. Entonces, recordó lo que le había dicho en la cena y lloró amargamente. No importa si lo hizo dentro o fuera del palacio, sino que, según la tradición, fue tal la amargura del llanto, que sus lágrimas abrieron un surco en las mejillas y le quedaron marcadas para el resto de su vida.

Concluyendo. Hay tres negaciones, movidas por distintas razones; dos cantos del gallo que expresan el paso del tiempo; un llanto amargo de arrepentimiento por negar a quien le había dado sentido a su vida;  y una mirada misericordiosa de Jesús otorgando el perdón a Pedro y a toda la humanidad que vive cayendo y levantándose, unos en el camino del seguimiento de Dios y, otros, bien negándolo, interpelándolo, huyendo o siendo totalmente indiferentes a su presencia. El ejemplo de Pedro y la motivación para quienes somos creyentes, es que él, una vez “convertido por el amor misericordioso de Dios” terminó cumpliendo con aquello que había dicho en la cena: “yo daré mi vida por ti”. Así fue como, muchos años después, murió crucificado boca abajo en la colina del monte Vaticano y de esa forma pudo volver a contemplar al Cristo glorioso y resucitado.