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El pesebre de Belén
25/12/2010 - Valores Religiosos
 
 

Hace ya más de 2.000 años un niño nació en Belén o Bêth lehem (“la casa del pan”), en la actual Cisjordania. Una extraña señal luminosa apareció en el cielo, indicando el lugar donde iba a nacer. Ese niño, llamado Jesús o Joshua (“el Salvador”), fue alguien real en la historia, de carne y hueso como cualquier hombre y, a la vez, para quienes creemos en él, fue también divino: el hijo de Dios nacido de una Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, el Mesías anunciado por los profetas al pueblo de Israel. Todavía su fama persiste en el mundo, sobre todo en Occidente, pese a los deseos de muchos por destruir su mensaje y su existencia, porque, como le dijera el anciano Simeón a su madre cuando lo presentó en el Templo, el niño “será un signo de contradicción y revelará los pensamientos de los corazones”.

Cuando sus padres llegaron a Belén, no hallaron alojamiento. María, estaba a punto de dar a luz al Emmanuel, al “Dios con nosotros” y el viaje desde Nazaret había sido agotador. Sin embargo, José, su esposo, no encontraba un lugar para que Dios se diera a conocer, haciéndose hombre, humanizándose, viniendo a morar en medio de su pueblo. No había lugar para que se produjera aquel acontecimiento hace 2.000 años y pareciera que tampoco lo hay en la actualidad. ¿Las razones? Múltiples. Tal vez, muchos preferían vivir sin un Dios tan cercano, pensando que a cada rato los estaría interpelando con su presencia. Quizá, porque existía un equivocado concepto del “temor de Dios” y era preferible vivir vacíos antes que postrarse ante su presencia y sucumbir frente a su ira.

Sin embargo, ese niño no sólo vino a descubrir los pensamientos, sino, fundamentalmente, a manifestar el amor de Dios por el hombre y salvarlo, como anunciaron los ángeles a los pastores de la zona: “paz en la tierra a los hombres que ama Dios”. De allí que, pese a que no le hicieron lugar en Belén, quiso nacer en un humilde pesebre de las colinas cercanas, donde los pastores solían encerrar sus animales. Cuando María dio a luz al niño, los pastores que escucharon el mensaje de Dios a través de los ángeles, y los Magos que advirtieron las señales en el cielo, fueron hasta “la casa del pan”. Al entrar en el pesebre y ver al “pan bajado del cielo”, se inclinaron frente al niño envuelto en pañales y lo adoraron. Y al adorarlo, se llenaron de amor y de paz.

En esta nueva Navidad, en la que rememoramos el nacimiento de aquel niño en las colinas de Belén, deberíamos intentar abrir nuestros corazones, escuchar en el silencio y advertir las señales que se presentan en el cosmos: Dios nos invita nuevamente a entrar en el pesebre y llenarnos de amor y paz, recuperando la esperanza en su poder misericordioso y en su gloria salvífica, cantando como aquellos ángeles: “¡Gloria a Dios, en las alturas, y paz a los hombres que ama el Señor!”.