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Entre la mentira y la verdad
31/12/2008 - Revista de Ex Alumnos del Champagnat.
 
 

Recibo un mail de Juan Herrán, invitándome a que escriba para el nuevo número de la revista de los ex Alumnos (lo vengo haciendo con mucho cariño y placer en los últimos años). Le respondo: “¿de qué tema querés que escriba?” Me contesta: “sobre la mentira y la verdad” y agrega, “en referencia a lo que estamos viviendo en Argentina”. Aunque no es un tema sencillo y no soy filósofo, al final decido tomar el desafío, sobre todo para ver qué cosa sale de mi interior. ¡Vivimos entre tanta mentira! La propia y la de los demás. Sin embargo, creo que todavía podemos encontrar la verdad. O si se quiere, vivimos momentos donde predomina la mentira y otros en los que reina la verdad. ¡Qué luz que hay cuando prevalece la verdad! ¡Pero cuánto nos indigna la mentira, sobre todo cuando es ajena!.

En el plano nacional, el Kirchnerismo ha inaugurado uno de los Gobiernos más falsos y mentirosos que pueda recordar. Empezando por la mentira sobre los datos de la realidad económica que informa el INDEC, pasando por las mentiras y visiones parciales sobre los sucesos recientes de nuestra historia y terminando con la mayor de sus mentiras que es la de decir que le preocupan los pobres, que el modelo que llevan a cabo es de distribución de la riqueza y que son progresistas. Y digo la mayor, porque es la que más me indigna, ya que mientras esto dicen, el matrimonio presidencial se enriquece por demás y tiene la osadía de mostrar bajo declaración jurada un incremento patrimonial a todas luces incompatible con la realidad y sólo justificable a través de valuaciones y ventas de bienes realizadas a los amigos del poder, quienes por un lado pagan por demás lo que aparentemente recuperan por el otro mediante la realización de obras públicas.

Claro que esta mentira está inmersa dentro del marco de grandes mentiras que asolan el mundo, sobre todo en un Occidente que habla de que no está mal abortar los niños no queridos, decidir cuándo terminar con la vida de uno, llamar matrimonio a la pareja entre homosexuales o que estos adopten hijos, consumir legalmente drogas nocivas, manipular genéticamente las células, o hasta llegar a clonar al propio hombre. Esta ola de mentira es tan grande y tan fuerte que, algunos Gobiernos y Partidos Políticos, en los llamados “países desarrollados” o en los no tanto como el nuestro, las tienen como principales banderas y plataformas de acción. Encima, sostienen que las leyes que permiten su ejercicio implican el “progreso” de la humanidad, aún más, que llegan para sincerar los actos del hombre, casi como si dijeran que no son mentiras sino verdades, aunque vayan en contra de la naturaleza humana y la conciencia natural del bien y del mal.

Cuenta el evangelio de Juan que cuando Jesús estuvo frente a Pilatos, en el pretorio romano de Jerusalén, entre otras cosas le dijo: “Para eso nací y para eso vine al mundo: para testificar la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilatos entonces le preguntó: “¿Qué es la verdad?”, y diciendo esto salió fuera para hablarle nuevamente al pueblo. No se sabe si Cristo no le respondió, o si Pilatos no le dio tiempo, porque abandonó la sala. Me gusta pensar en la primera posibilidad, en la que Cristo le responde con el silencio, dando lugar al libre albedrío del hombre para que éste encuentre una respuesta. Así, cada uno busca la verdad en la vida y la descubre, la tergiversa o niega su existencia.

El silencio como respuesta de Jesús a Pilatos, no excluía lo que mucho antes había afirmado ante sus discípulos: “yo soy el camino, la verdad y la vida”; ni tampoco el postrer consejo a los suyos: “si ustedes permanecen en mi palabra, serán mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. Es muy cierto que hay una gran relación entre la verdad y la libertad. No se puede ser libre viviendo en la mentira, porque la mentira nos encadena. Santa Teresa decía que la humildad es “andar en verdad”. Pero no se puede andar en verdad si la mentira nos tiene dominados. En realidad, la mentira va mucho más lejos y nos impide avanzar o progresar, hundiéndonos en el pozo del engaño que terminará volviéndose una tumba. Lo paradójico es que, en el reino de la mentira que hemos descripto al comienzo, los argumentos de la libertad, la igualdad y el progreso son los primeros que se esgrimen.

¿Cómo una madre embarazada no va a poder decidir si quiere o no dar a luz a un hijo? ¿Dónde está su libertad? ¿Cómo alguien en estado delicado de salud no va a poder pedir a los médicos que acaben con su vida? ¿Dónde está su libertad? ¿Cómo una pareja de homosexuales no va a poder adoptar un niño? ¿Dónde está la igualdad? ¿Cómo no ayudar al perfeccionamiento de la raza humana mediante la manipulación genética y la clonación? ¿Dónde está entonces el progreso? Etc, etc, etc…Y al que pone algún reparo hay que llamarlo retrógrado, autoritario, fascista o directamente calificarlo de: “católico”, palabra que hoy en día se ha vuelto una descalificación, olvidando que quiere decir: “universal”. Las excepciones no bastan. Hay que ir por todo. Relativizarlo todo y luego hacer de la excepción una regla, de la regla una costumbre, de la costumbre un hábito y en base al hábito establecer una nueva ética y hasta una moral. Poco falta para que se escuche: “qué inmoral, se opone al aborto” o “qué inmoral, todavía cree en la familia estable, prolífera, heterosexual y nuclear”.

Como cristiano, pienso que la verdad revelada por Dios al hombre está en Cristo y en su Palabra de vida; y que también hay semillas de verdad en las otras religiones que buscan a Dios con un corazón sincero. Esa verdad debería ser la luz que ilumine todas nuestras acciones cívicas e individuales, para desterrar la inequidad y la mentira. Sin embargo, vivimos en un mundo donde el relativismo se ha encargado de poner en duda la “verdad revelada”. No sólo de ponerla en duda, sino de negarla o ridiculizarla. Así, la civilización Occidental, otrora conocida como judeo-cristiana, que partía de un concepto de la “verdad absoluta” como iluminadora de las verdades menores o, si se quiere, relativas, hoy no tiene más que retazos de la verdad. En una palabra, el relativismo se ha encargado de fragmentar tanto la verdad, que hoy, o tenemos miles de millones de verdades (tantas como habitantes del planeta) o nos quedan únicamente las verdades científicas y matemáticas.

Pero no debemos desesperar, la mentira junto con la muerte entraron al mundo desde los orígenes, aunque nos parezca que esta época es la peor de todas, porque la mentira se comunica con mayor facilidad a través de los medios de comunicación masivos como Internet y la televisión. Nuestra esperanza debe estar puesta en que la verdad a la larga triunfará, “porque no hay mal que por bien no venga”. La luz se impondrá a las tinieblas. Perder esa esperanza, sería derrumbar nuestra fe y abandonar la caridad, para entregarnos a las cadenas de la mentira, como nos plantea el Papa Benedicto XVI en su flamante encíclica “Caritas in Veritate” (Caridad en la Verdad). Perder esa esperanza, sería entregar la libertad más profunda que anida en nuestra esencia humana, en manos de quienes intentan distorsionar la verdad en base a aquella fórmula hitleriana: “Miente, miente, que algo quedará”.

En el caso de nuestro país, sólo nos resta aguardar pacientemente las próximas elecciones y derrotar a la mentira con nuestro voto. Hasta podríamos ir preparando un lema para la futura campaña: “La verdad nos hará libres”.