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¡Justicia!¡Justicia!
09/03/2012 - diario La Nueva Provincia
 
 

Me llegó la convocatoria por facebook, con el lema: “Así no se viaja más. Martes 28/02 a las 19 horas todos al Obelisco”. La retransmití por el mismo medio. Un pariente lejano se rió diciendo que no se iban a juntar más de 500 personas. Alguien le contestó: “Si todos piensan como vos, estamos en el horno”. Yo le respondí: “voy a ir porque es una cuestión de dignidad”. No soy de asistir a concentraciones porque sí, pero, en este caso, confieso que fui porque estaba indignado. 51 muertos y más de 700 heridos no es poca cosa. Además, lo que tuvieron que pasar los familiares del pobre Lucas. Al final, su cuerpo estaba entre dos vagones. ¡Qué barbaridad!

El día no era bueno para convocatorias. Toda la mañana lloviznando, el cielo nublado, triste, casi con la misma congoja que los familiares de las víctimas. Tomé el subte a las 18:40 en la estación “Facultad de Medicina”. Un subte en mal estado, como muchos de la línea D que corre de Catedral a Congreso de Tucumán. La temperatura ha subido dos grados en el mundo, pero ni los concesionarios del subterráneo, ni los funcionarios del Gobierno parecen enterados. Seguimos viajando sin aire. Basta pensar en el subte de Madrid, con temperaturas de más de 45 grados en la ciudad durante el verano, que se morirían achicharrados si no tuvieran el extraordinario aire acondicionado que tienen. Pero acá, en nuestra Buenos Aires querida, a nadie le importa un cuerno. Nos siguen haciendo viajar, no ya como ganado, sino como bestias que se apelmazan y se pegan unas a otras, bañadas por el sudor, el mal humor y los olores naturales de la humanidad…Bajé finalmente en la estación “Nueve de Julio”, subí por la escalera mecánica que a Dios gracias estaba funcionando y voilá, ya estaba frente al obelisco.

Tenía razón mi pariente lejano. Eran las siete menos cinco y no llegaban a trescientas personas. Eso sí, había tres camionetas de canales de TV, por lo que la cobertura periodística estaba asegurada. Dudé si cruzar la avenida y sumarme a los convocados. Tenía miedo de hacer el ridículo en una concentración que, en cuanto números, había fracasado desde el principio. Pero la dignidad cívica me empujó a decir “vamos, andá, no te conviertas en uno más de los indiferentes, de los que sólo se mueven cuando les tocan el bolsillo, de los que tienen miedo de todo lo que implique comprometerse, o de los cautivos del sistema que viven alienados por una obediencia debida por la necesidad”.

Entonces crucé la avenida, casi en el mismo momento que se acercaba un grupo de familiares de las víctimas de Once, portando pequeños carteles con fotos y consignas. Crucé, casi en el mismo momento que una guardia del Regimiento de Patricios, también lo hacía, porque a las siete era hora de arriar la bandera de la plaza de la República. El número había aumentado un poco, pero no pasaría de mil personas. Sin embargo, yo me sentía feliz de haber dado ese paso. Un “humilde pasito de bebé” de protesta cívica pacífica y democrática, sin molestar a nadie, sin cortar la calle, ni romper vidrieras. En la plaza había un poco de todo, con preeminencia de jóvenes, y no faltaban los militantes del Partido Obrero o la Izquierda Socialista, repartiendo panfletos pidiendo la estatización de TBA, nada más lejos de mi pensamiento político. Pero, no me molestó, porque mi corazón lo tenía puesto en otro lado. En la camiseta con la foto de su padre que un joven de veinte años tenía impresa en la remera, con la fecha fatídica del 20/02. Un joven a quien abracé y le di mi humilde pésame. Mi corazón estaba puesto también en las palabras de un padre que clamaba por Justicia ante las cámaras de televisión, porque había perdido a su hijo en el accidente. Y mientras el hombre lloraba, todo el resto aplaudíamos gritando: ¡Justicia! ¡Justicia!

A la media hora me fui, porque tenía un compromiso. Me fui orgulloso de haber estado allí, pidiendo Justicia. Me fui también pensando en los motivos por los que tan pocas personas habían asistido. ¿Será que nos han robado el corazón a los argentinos o que ya no creemos en la posibilidad de que haya Justicia en el país? Claro, razones tenemos, cuando dos jueces federales se pelean por tener una causa en su juzgado: uno para cajonearla y que se muera allí hasta que prescriba, y el otro, quiera Dios, para encontrar la verdad.

“¡Es la Justicia, estúpido!”, creo que sería la frase que Bill Clinton diría si tuviera que referirse a cómo revertir uno de los males profundos de la Argentina. Porque aquí, desde hace años que ningún funcionario público va preso, salvo algunas excepciones. Bastarían los dedos de una mano para contarlos. Ojalá algún día un grupo de jueces se despierte y rompiendo con el miedo y la falta de compromiso, comiencen un “mani pulite” como tuvo Italia o sigan el ejemplo de Brasil, donde el presidente Collor de Melo tuvo que renunciar debido a las investigaciones judiciales por corrupción. Entonces, cuando desde la Justicia se busque realmente la verdad, esa verdad nos hará libres.