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La Argentina de la esperanza
08/10/2008 - Revista Ex Alumnos del Champagnat
 
 

Me han pedido que escriba algo sobre la esperanza, en referencia a nuestro querido país. Siempre he relacionado la esperanza con la “capacidad de esperar” algo que puede llegar a suceder en el futuro y con la “confianza” de que puede ocurrir tal como lo esperamos.

La capacidad de espera, tiene una relación muy estrecha con la paciencia, la fortaleza y la templaza. Podemos visualizar un ejemplo bien sencillo cuando pensamos en los cuarenta y cinco minutos que tuvimos que esperar en el consultorio de un médico, pese a que habíamos pedido turno con semanas de anticipación. “Está un poco demorado”, suele ser la respuesta de la recepcionista. Cuando nos vemos frente a esta situación, puede ocurrir que nos armemos de paciencia y con templanza y fortaleza dominemos nuestra ira, o que nos enojemos pasando por diferentes grados de expresión del enojo, desde decir “es una barbaridad” y amenazar con hacer una queja formal a la empresa de medicina prepaga, o pensar, “ya me va a escuchar cuando me atienda”, o, directamente, irnos dando un portazo. Pero, en todos los casos, si el médico está en el consultorio, tenemos la “certeza” racional y lógica de que a la larga nos va a atender y que nuestra espera será de alguna manera recompensada. Pasando de este pequeño ejemplo cotidiano, al absolutamente trascendente de la esperanza del cristiano, la capacidad de espera estará dada por la de mantener la fe en la “vida eterna” a lo largo de nuestra existencia, a tal punto de “peregrinar” con la mirada puesta en el encuentro definitivo con el Padre celestial, por encima de todas las dudas y contratiempos que se nos vayan presentando y sin la “certeza” racional de que será posible dicho encuentro. En este sentido podría decirse que se pierde la esperanza cuando se debilita la fe y decae esa mirada trascendente de la vida, cortando la relación vertical entre el hombre y Dios (que no es otra cosa que el religare o la religión), para quedar suspendido únicamente en la horizontalidad de la racionalidad donde las “certezas” ligadas al misterio se desvanecen ante cualquier análisis y lógica aplicada.

La ”capacidad de esperar” de una sociedad pasa un poco por el término medio entre ese ejemplo sencillo de lo cotidiano y el mucho más complejo de la espera espiritual. Creo que la Argentina siempre nos tiene esperando como en el consultorio médico: algunos dan el portazo y se van a otro país esperando tener una mejor calidad de vida y otros nos quedamos, generalmente protestando, pero lo que es una “certeza” es que el país nunca atiende nuestras necesidades en el momento esperado. Por lo tanto, la paciencia la hemos adquirido a fuerza de golpes pero, de algún modo, la tenemos. Nos hemos hecho fuertes en este aspecto, aunque nos falte la templanza necesaria para sosegar la ira y a veces estallamos de diferentes maneras (antes con golpes al sistema democrático y últimamente con levantamientos populares y piquetes de todo tipo). En este sentido, debiéramos aprender del más pobre de la sociedad quien es “maestro de esperanza”, ya que siempre tiene que esperar, bien sea haciendo la cola en la parada de un colectivo, en un hospital, o en la larga fila de quienes responden a un aviso clasificado en busca de empleo.

El segundo aspecto de la esperanza es el de la confianza. Ya no basta con que esperemos a que el médico nos atienda, sino que luego confiemos en su diagnóstico. En el plano espiritual, no es suficiente con que esperemos el fin de nuestra vida, sino que confiemos en la misericordia de Dios que con su infinito amor podrá abrirnos las puertas a una vida nueva y eterna. Es decir, confiar en que podremos alcanzar la salvación a pesar de nuestras debilidades. En el plano social, tampoco es suficiente con que esperemos un “buen tiempo por venir”, sino que tengamos confianza en ello. Y en esto, pareciera que los argentinos flaqueamos un poco más que en el plano de la paciencia adquirida a los golpes y la fortaleza lograda para resistirlos. No siempre confiamos en el país y nuestra esperanza cojea. Esperamos, pero no confiamos, por lo tanto si no tenemos confianza, no tenemos fe y nuestra espera se vuelve un poco mágica. Así, solemos decir: “a lo mejor, quien te dice, con fulano las cosas cambien”. Pero lo decimos sin mucha convicción debido a la acumulación de fracasos almacenados en nuestra memoria colectiva. Fracasamos cuando fuimos por allí y también cuando vinimos por acá, por lo tanto, mejor es estar prevenidos, “siempre listos” para sacar el dinero de los bancos, llenar de comida la alacena o evitar salir a la calle. ¿Cómo trabajar la confianza? Es un proceso madurativo, porque ya resulta muy difícil abandonarnos confiadamente en los brazos de la política o de la sociedad. Hemos perdido esa capacidad auténticamente juvenil de confiar sin más, empujados por los sueños y utopías. Ahora necesitamos ir consolidando la confianza dando “pasitos” como de bebé, hasta que podamos volver a caminar.

San Pablo nos dice que “la tribulación produce la paciencia; la paciencia la prueba, y la prueba la esperanza”. Argentina, sin lugar a dudas, tiene una corta historia como nación, pero llena de tribulaciones. Tribulaciones que si bien no han llegado nunca al extremo de la desintegración nacional, han merodeado sus umbrales (baste recordar las guerras internas que siguieron a la revolución de Mayo y a la declaración de la Independencia hasta llegar al período de consolidación nacional de mediados del siglo XIX; o las continuas interrupciones de la democracia en la segunda mitad del siglo XX; o la conmoción interior de la década del setenta). Estas tribulaciones políticas, han tenido también su correlato económico, pasando de períodos de bonanza a los de pobreza, con una continuidad inusitada, a tal punto que muchos economistas hablan de un movimiento pendular cada cinco años. Y los argentinos nos hemos acostumbrado a sobrevivir a estas tribulaciones, por lo tanto si bien somos algo impacientes en la vida cotidiana, pareciera que tenemos probada paciencia respecto a nuestro país. “Hay que pasar el invierno”, dijo un famoso ministro. Y los argentinos cada tanto nos tenemos que ajustar el cinturón y logramos pasar el invierno, hasta que llega una breve época de bonanza y salimos disparados a consumir, al “deme dos”. Ese “deme dos” tiene una mezcla de vanagloria en el querer mostrar que “ahora sí me va bien” y de temor por si vuelve el tiempo de las “vacas flacas”. Pero como tenemos esa paciencia probada, somos genéticamente un pueblo de esperanza. “Ya vendrán tiempos mejores”. “No hay mal que por bien no venga”. Será entonces, cuestión de armarse de paciencia y con la habitual fortaleza lograr la templanza necesaria para esperar confiadamente a que las nuevas generaciones vayan mejorando poco a poco el país y lo conviertan en una nación más republicana, más justa y solidaria.

(*) El autor es Lic. Administración de Empresas y escritor. Su último libro publicado es “Diálogo con el Islam” (Lumen).