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Recuerdos del colegio
16/03/2004 - Revista Ex Alumnos del Champagnat
 
 

Recordar no es sólo traer a la memoria algo del pasado, sino que también puede entenderse como un regalo que nos da la vida, sobre todo cuando se trata de evocar buenos momentos, porque para los malos basta con la heridas que han quedado marcadas. Cuando Adrián Fernández Casares me pidió que le escribiera algo para la revista de los Ex Alumnos y surgió el tema de los recuerdos de los casi doce años de mi paso por el Champagnat, inmediatamente me vino a la cabeza la vaga imagen del primer día de clase. Pero, ¿sería posible intentar revivir algo de aquel lejano momento?

En esa época (hablo de 1959) yo no provenía del jardín de infantes ni del preescolar, como sucede ahora, sino simplemente de mi casa, con bastante temor por la novedad, empujado literalmente por mi hermano mayor que me arrastró las dos cuadras y media que nos separaban del colegio, porque vivíamos en la esquina de Montevideo y Juncal, junto a la famosa plaza Vicente López.

Ese día, peinadito a la gomina, saco gris perla con el escudo en su lugar, camisa blanca, los cortos grises haciendo juego con el saco y las medias tres cuartos, zapatos negros y corbata azul (que ya no recuerdo si mi madre la había anudado esa mañana o era de aquellas que venían armadas con elástico atrás), me preparé a partir.

A la hora señalada, el debut se puso en marcha. Tomar la valija de cuero, gastada y entintada por otros, con los cuadernos y la cartuchera nuevos que bailaban dentro por el espacio vacío; recibir un beso en el palier con la recomendación del “portáte bien”, dados los antecedentes que  cargaba encima; entrar al ascensor de rejas y bajar los tres pisos sintiendo el extraño temor que se iba adueñando del cuerpo y me hacía temblequear las piernas; cruzar la calle Juncal intentando aferrarme de aquél buzón, colorado como el color que iba tomando mi cara a medida que crecía la vergüenza; dejar atrás Arenales, desde la vereda opuesta al quiosco del griego “Costa”, pasando frente a la librería de “Mary”, con su mostrador repleto de juguetes que por años nos ocuparíamos de voltear al volver a casa; atravesar la avenida Santa Fé, que todavía era de dos manos y con garita al medio; pasar junto al barcito Capitol, donde para mí se comían los mejores panchos del mundo; para, finalmente, acomodarnos dentro de la marea de estudiantes que, ese día, venía acompañada de dispares sensaciones frente a la novedad que se avecinaba o el reencuentro.

Allá estaba la gran entrada del colegio, enclavada entre Santa Fé y Marcelo T. de Alvear (a la que siempre nombrábamos como Charcas), con ese extraño frente de un estilo neoclásico, donde no faltaban las columnas y las escaleras de mármol. Cuando me perfilé para subir por allí y tomarme del pasamanos de madera lustrosa que conducía al primer piso, mi hermano mayor dijo “no, por ahí no”, y me hizo entrar por una de las puertas laterales, para llegar más rápido a la clase de aquél “primero inferior” que llevaba la letra “B” como distintivo.

Teniendo tres hermanos más arriba, conocía algo el interior del colegio, como el famoso “patio andaluz”, o el otro patio que hoy no existe y corría paralelo a la vieja huerta. Sin embargo, aquella mañana, todo me parecía extraño y un poco tenebroso, hasta el hábito negro de los maristas que por entonces yo creía que eran sacerdotes. Así fue como mi hermano me puso en la puerta de la clase y me dio un empujón para que entrara.
Recuerdo que había muchos padres dentro, porque para algunos de mis futuros compañeros, la misma vergüenza que yo tenía se había mezclado con el miedo a un abandono definitivo y lloraban a mares en las faldas de mamá o se aferraban a los brazos paternos impidiendo toda despedida.

El nombre del hermano a cargo creo que era Rafael, pero lamentablemente no puedo precisarlo. En cambio, hay apellidos de aquella mañana y también sus nombres, rostros y maneras de hablar o comportarse, que recuerdo perfectamente. Algunos con quienes todavía de vez en cuando nos juntamos, otros con los que la vida y sus intrincados caminos y distancias nos ha ido separando, y también aquellos que definitivamente nunca más podré volver a ver en este mundo.

Pero bueno, aquel entrar por primera vez a una clase del Champañá (como decía nuestro viejo canto de tribunas durante los clásicos con el “La Salle”), fue el comienzo de una grata aventura que todavía no podía dimensionar al sentarme en uno de los bancos y saludar tímidamente al vecino que estaba tan nervioso como yo.

Esas son las imágenes que quedan y se mezclan con la de días, meses y años que se fueron acumulando encima. Cuadernos de vacaciones. Plumas caligráficas. El Viva Jesús, María y José, en los comienzos del día. Pizarrones negros. Olor a tiza. Ruido a recreo que se avecina. Chascas guardando la disciplina. Pequeños parlantes de metal por donde nos llegaban mensajes o recomendaciones. Bancos con el agujero para el tintero y aquel cajón abierto donde se metían los útiles. Partidos de fútbol. Rodillas sucias. Pelotas de trapo saltando el muro. El sabor al chocolate caliente los domingos. La capilla oscura que de pronto se iluminaba en el subsuelo y daba paso a los cantos a María. Sí, a María, la querida Virgen, legado profundo y eterno que, cuando la contemplo en alguna imagen de la Inmaculada, siempre me trae a la memoria al colegio Champagnat.