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Apóstol de la misericordia
30/04/2011 - La Voz del Interior, de Córdoba
 
 

La beatificación del papa Juan Pablo II, mañana, en Roma,  coincidirá con las celebraciones del Día Internacional del Trabajo y de San José Obrero, además de la fiesta de la Divina Misericordia.

Recuerdo que vi a Juan Pablo II, por primera vez, a través de la televisión, cuando ésta recién comenzaba a emitir imágenes en colores en la Argentina. Corría el año 1978 y me había enterado, primero, del deceso de Pablo VI y, posteriormente, de la repentina muerte de Juan Pablo I, su sucesor, quien sólo permaneció 33 días en el cargo.

El 16 de octubre de 1978, el nuevo cónclave de cardenales, luego de la octava votación, tomó la decisión por 99 votos a favor, sobre un total de 111. Una gruesa columna de humo blanco se elevó sobre la cúpula de la basílica de San Pedro. “Habemus papam”, fueron las palabras de rigor.

Así, Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, de 58 años de edad, apodado Lolek por sus familiares y amigos, fue elegido como sucesor de Pedro. Un polaco, luego de 455 años de pontífices italianos (desde 1523).

Era claro, por las circunstancias que rodearon su elección, que traía un signo especial para la Iglesia y el mundo. Pero, en aquel momento, nadie sabía cuál sería.

Lo recuerdo asomándose por primera vez a la histórica plaza de San Pedro, saludando a los fieles desde el balcón de la “sala de bendiciones” de la basílica, mientras las palomas se alejaban hacia la cima del monte Gianícolo. El Santo Padre estaba allí, vestido de blanco, cubierto por la casulla roja, con su porte atlético y jovial. De inmediato, comenzó a llamar mi atención, no sólo por su mirada profunda y aquella sonrisa abarcadora, sino por sus primeras palabras y gestos de humildad.

“¡No tengan miedo de recibir a Cristo!” “¡No tengan miedo! ¡Ábranle las puertas a Cristo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo él lo sabe”, decía durante la homilía del 22 de octubre, al asumir oficialmente el cargo y adoptar el nombre de Juan Pablo II (en honor a su predecesor y a los dos pontífices que impulsaron el Concilio Vaticano II), y consagrándose a la Virgen con aquel “totus tuus” (Todo tuyo). Me preguntaba: ¿Quién es para hacer tal llamado e invitación?

Un hombre de María. Lo primero que quedaba claro es que se trataba de un papa eminentemente mariano. Es una tradición que los papas escojan un lema que los acompañe; el de Juan Pablo II fue repetirle a la Virgen: “¡Soy todo tuyo, María!”, como ya lo había hecho al ser ordenado obispo de Cracovia.

Su devoción nació en su Polonia natal, en el santuario de Jasna Gora, hacia la Virgen de Chestokova, pero iría creciendo con la visita a distintos santuarios marianos del mundo, principalmente al de Nuestra Señora de Fátima, patrona de Portugal y protectora especial del Santo Padre.

Los medios de comunicación hablaban del “Papa del Este” que, cuando llegaba a un país, se arrodillaba y besaba la tierra, según dicen imitando al santo cura de Ars (aunque, seguramente, tendría en cuenta aquellas palabras de la Virgen en Lourdes a Bernardita: “Besarás la tierra por la conversión de los pecadores”).

Basta analizar algunos momentos de sus primeros dos años de pontificado para tomar conciencia de la energía, vitalidad y diversidad que imprimió a su actividad. Durante el primer año, envió al cardenal Antonio Samoré para mediar en el conflicto entre Chile y la Argentina (mediación que logró la paz entre ambos países); publicó su primera encíclica, Redemptoris Hominis (Redentor del Hombre); reunió el Colegio

Cardenalicio para su primera asamblea en 400 años; pidió la libertad religiosa en todas partes y para todos; emprendió dos viajes a América; estuvo en su querida Polonia (donde, pese al recelo de los comunistas, sentó las bases anímicas para el despertar del movimiento de Solidaridad) y, finalmente, visitó Turquía (pese a que días antes Mehmet Alí Agca había amenazado con asesinarlo).

Ese dinamismo del “Papa peregrino” continuaría durante 1980 y principios de 1981 con la prédica en favor de la libertad religiosa; sus viajes a seis países de África, Francia, Brasil, Alemania, Pakistán, Filipinas y Japón.

Párrafo aparte merece la encíclica Dives in Misericordia, en la que el papa hacía un largo análisis sobre la parábola del hijo pródigo, el amor del Padre y su misericordia infinita y la relación entre Justicia y misericordia, anteponiendo esta última sobre la primera, por considerarla más poderosa y profunda.

El atentado contra su vida. Sin embargo, ese dinamismo vital se vería puesto a prueba en forma radical y sorpresiva por el atentado que puso en riesgo su vida. Con los años, muchas cosas han trascendido respecto de ese ataque.

En primer lugar, la llamada “pista búlgara”, según la cual a pedido del KGB soviético, y por intermedio del servicio secreto de Alemania del Este (Stasi), los búlgaros habrían contratado a Mehmet Alí Agca para asesinar al papa. Era un hecho concreto que Juan Pablo II les molestaba y que los sucesos de Polonia (alentados por el Santo Padre) aceleraron la caía del comunismo soviético.

En segundo lugar, el mismo papa confiesa en el libro mencionado que fue “como si alguien hubiera guiado y desviado esa bala”. El papa siempre atribuyó la ayuda a la Virgen de Fátima.

En tercer lugar, en 2000, cuando el Vaticano dio a conocer el texto del tercer secreto de Fátima, que permanecía oculto al público, tanto el Santo Padre como sor Lucía (la única sobreviviente de los tres pastorcitos) y el actual papa, Benedicto XVI, llegaron a la conclusión de que aquel “obispo vestido de blanco” de la visión, al que se le disparaba subiendo una colina, no era otro que Juan Pablo II.

Apóstol de la misericordia. Pero, sin duda, lo que cerraría este círculo de misterio providencial fue lo ocurrido dos años después, cuando el papa visitó a Alí Agca en la cárcel para llevarle el perdón que ya le había expresado públicamente cuatro días después del atentado y convertir a los sucesos en torno del atentado contra su vida en una verdadera catequesis de la misericordia. Eso ocurrió el 27 de diciembre de 1983.

Hubo al menos 15 atentados fallidos contra su vida durante su pontificado. El papa, aunque estaba constantemente bajo riesgo, en 1982 decía: “Mi seguridad está garantizada por Dios”.

La caída del comunismo. Como el papa Wojtyla intuía desde hacía años (porque creía en la fuerza de la fe de los pueblos, a diferencia de lo que pensaban otros en el Vaticano), el comunismo comenzó a trastabillar, primero en el Este de Europa y luego en Rusia. Y el papa tuvo mucho que ver en ello.

Con paciencia, sin aconsejar nunca el camino de la violencia sino el de la resistencia pacífica, pero sin renunciamientos en materia de defensa de los derechos humanos, el papa vio cómo el movimiento Solidaridad, iniciado en su querida Polonia, contagiaba sus ansias de libertad al resto de las naciones que vivían sojuzgadas bajo la órbita soviética. Y, pese a que Mijail Gorbachov (quien visitó dos veces al papa en Roma) intentó detener los acontecimientos con su propuesta de perestroika, finalmente cayó el Muro de Berlín, Rusia volvió a la fe, de acuerdo al anuncio de Fátima y, en Polonia, el amigo del papa, Lech Walesa, fue elegido presidente.

Su muerte.
La muerte de Juan Pablo II se produjo el sábado 2 de abril de 2005, a las 21.37 hora de Roma, en su habitación del Vaticano. Por la mañana, dijo sus últimas palabras. “Déjenme ir a la casa del Padre”. A las 20, ya en estado de coma, recibió la “unción de los enfermos” durante la misa celebrada por su secretario junto al lecho de muerte.

Quiso el Señor que aquel sábado fuera el de las vísperas de la fiesta de la Divina Misericordia y es sabido por los creyentes que, cuando se celebra una misa en vísperas de una fiesta o día de precepto, ya se está dentro de aquélla. Por lo tanto, Dios quiso que Juan Pablo II, el “apóstol de la Misericordia” que había dado testimonio del amor de Dios, se despidiera de este mundo durante la mencionada fiesta. Un regalo del cielo, no sólo providencial sino significativo, por lo antes dicho.

La multitud de fieles congregados en la plaza de San Pedro y en la Vía de la Conciliación gritaba al unísono: “¡Santo, ya!”. Mientras, en la Argentina, yo me llenaba de tristeza porque se iba de manera definitiva el hombre al que tanto había admirado.

Las palabras del cardenal Ratzinger (hoy Benedicto XVI) durante la homilía de la misa del funeral me llenaron de consuelo. “Ahora está frente a la ventana de la casa del Señor. Nos ve y nos bendice”, dijo, interrumpido por los aplausos y visiblemente emocionado al recordar a su compañero y amigo.

Después, cuando el cuerpo de Juan Pablo II, cargado por 12 porteadores, abandonó en procesión el atrio del templo hacia el interior de la basílica (en cuya cripta fue enterrado bajo una sencilla lápida de mármol, respondiendo a sus deseos testamentarios) y las campanas de San Pedro repicaron nuevamente alentando a los fieles a volver a corear aquello de “santo, santo, santo ya”, sentí una profunda alegría, pensando en que ya estaría contemplando cara a cara el rostro y el amor de Dios.

Wojtyla en Argentina

Pude ver a Karol Wojtyla en vivo y en directo en 1982, pocos meses después del atentado perpetrado por Alí Agca.
Primero fue en el santuario mariano de la Virgen, en Luján. Las circunstancias que movieron su repentina visita a nuestro país eran dramáticas. Argentina estaba en guerra con el Reino Unido desde la recuperación de las islas Malvinas, el 2 de abril de 1982. El papa, que tenía una visita pastoral largamente preparada a Gran Bretaña, en un acto de amor y delicadeza hacia nuestro país, decidió también visitarnos. En una carta fechada el 25 de mayo, dirigida a nuestro pueblo, decía: “Mi viaje a la capital argentina es un viaje de amor, de esperanza y de buena voluntad, de un padre que va al encuentro de los hijos que sufren”.

El 11 de junio, más de un millón de personas se reunieron frente al santuario. Yo estaba allí. No sé por qué, pero esa tarde de invierno algo especial ocurrió. Se mezclaron motivos varios. En primer lugar, la situación de la guerra. El desenlace estaba cerca. Los ingleses habían comenzado el desembarco en las islas y acosaban Puerto Argentino (la rendición sería el 14 de junio).

En segundo lugar, estaban las palabras del papa en su homilía, presentándonos a la madre de Dios con aquella cita del Evangelio de Juan: “Y tú, Madre, escucha a tus hijos e hijas de la Nación Argentina, que acogen como dirigidas a ellos las palabras pronunciadas desde la cruz: ¡He ahí a tu hijo! ¡He ahí a tu Madre!”.

Por último, estaba la propia experiencia de María que viví por la mediación del Santo Padre. Cuando la tarde se hacía noche, vimos salir a Su Santidad portando la pequeña imagen de la Virgen para depositarla sobre el altar que se había levantado a las puertas de la basílica.

Entonces fue cuando Juan Pablo II repitió aquello del “totus tuus” (todo tuyo) y muchos comenzamos a llorar. Al día siguiente, domingo y fiesta de Corpus Christi, una multitud acompañó a Juan Pablo II durante la misa que se celebró en el centro de la ciudad de Buenos Aires, junto al Monumento de los Españoles. Al término de la homilía, se dirigió a los jóvenes diciendo: “... Hagan con sus manos unidas una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra”.

En 1987, regresó a la Argentina. Lo hizo en una visita pastoral que incluyó a Uruguay, Chile y varias ciudades del interior de nuestro país.

De aquella visita, recuerdo la gran concentración del 12 de abril en la avenida 9 de Julio, de Buenos Aires, para celebrar el Domingo de Ramos y, a la vez, el cierre de la Jornada Mundial de la Juventud. El canto de la multitud era ensordecedor: “¡Juan Pablo / Segundo / te quiere todo el mundo!”. Estábamos allí agitando banderas del Vaticano y de la Argentina. Durante la Jornada, el papa volvió a recalcar a los jóvenes que ellos eran la “esperanza de la Iglesia” y los instó a contribuir en la construcción de “la civilización de la vida y la verdad, de la libertad y la justicia, del amor, de la reconciliación y la paz”.